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Una de Haikus

El haiku es un tipo de poema muy popular en Japón; consiste en un poema breve, de tres versos, que pretende reflejar, en esa brevedad, la sencillez y la austeridad que suele defender la filosofía zen. Y como muestra un botón:

en el jardín

noche a noche la luna

besa los árboles

De Haiku 93, Mario Benedetti

Ella se puso en pie lentamente, sus ojos, dos pozos de tristeza que lloraban lástima sólo por estar despiertos. El intentó decir algo mientras ella se alejaba, pero observó cómo las palabras se situaban a unos metros de él y saltaban y bailaban, burlonas, a la distancia justa para que el pudiera verlas pero no comprenderlas ni elegir las que necesitaba; se dejaban acariciar pero no cojer.

Ella abrió la puerta de la cafetería y salió sin mirar atrás.

Acabo de empezar a leer Mañana no será lo que Dios quiera; se trata de una biografía del poeta Ángel Gonzalez escrita por el también poeta Luis García Montero. Para mí es el típico libro que sabes que te va a gustar desde la primera página, en especial por la impecable manera de escribir de García Montero, y por la oportunidad de leer algo suyo en prosa (hasta ahora sólo había leído poesía); de todos modos el oficio le delata, y la poesía se escapa por pequeñas rendijas en todas las páginas. Aquí os dejo un pequeño fragmento que me ha gustado mucho:

Las vidas se resumen en una secuela de papeles. El papel arde muy bien, suele decir la gente. Pero no todos los papeles arden en la hoguera del tiempo. Lo que arde de verdad es la vida humana. Hay muchos papeles que se salvan del paso de los siglos, cruzan los motines, los inventarios, las mudanzas, las catástrofes domésticas, y acaban olvidados en un archivo oficial, o en un desván, o en el cajón de una mesa, como reliquias de un pasado cada vez más remoto, convertido en legajo, en letra seca, en certificación amarilla de la nada. Los nombres pierden su corazón, y los paisajes sus olores y sus lluvias, porque lo que nunca se salva de la hoguera, lo que de verdad arde, es la vida humana, la vida de las gentes que piensan que el papel arde bien, las existencias particulares, con sus declaraciones de amor, sus avaricias y sus credos. El saber familiar confirma de siglo en siglo, de cuerpo en cuerpo, de casa en casa, de muerte en muerte, que los recuerdos arden con más facilidad que los papeles.

Mañana no será lo que Dios quiera, Luis García Montero.

El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa.

Friedrich Hölderlin

Animales humanos

Una nueva aportación de mi colega Javi, al cual podreis seguir la pista en su nuevo blog. Gracias de nuevo, Javi.

Animales humanos

Echamelo en cara. Se que lo hice mal.

Pero soy humano, pequeña.

Soy humano, como la mirada de un perro cuando lo golpeas. Como la feliz ignorancia de los pinguinos.

Y me repites una y otra vez que ojala no hubiera pasado.

Pero eres humana, pequeña.

Eres humana, como el grito del viento cuando se cuela por la persiana.

El error continuo nos diferencia de otras especies. Deberiamos saborearlo en vez de lamentarnos.

Sentirnos vivos por errar.

Pero somos humanos, orgullosos e imperfectos.

Presuntuosos como el bostezo de una pantera, grises como la vida de un reptil.

Y me miras como si estuviera loco. Porque amo de manera incondicional, como ellos.

No importa el pasado. No miran virtudes, defectos.

Su techo es el cielo que estamos destruyendo.

Y no nos odian. No nos temen. Pero nosotros a ellos si.

Porque somos humanos, pequeña.

No sabemos unirnos para siempre, sin pensar en nada.

Son mejores que nosotros.

Las cartas no escritas son las más tiernas

las más convincentes, las más vivas

son así porque la vergüenza

se queda en su frasquito

y no sale a sembrar el desconcierto.

El mundo que respiro, Mario Benedetti

Hace un par de días me enteré del cercano estreno de una película que promete: El cónsul de Sodoma; no había oído hablar de esta peli que cuenta la vida del poeta Jaime Gil de Biedma. A decir verdad, sólo había leído un par de cosillas suyas, pero he estado leyendo algo más y su poesía me parece fascinante. Sea como fuere, me parece que lo interesante del asunto es que hoy día la vida de un poeta consiga acaparar la atención dentro del mundo del cine, aunque sea a pequeña escala. Será que la poesía no está tan muerta como defienden algunos ¿no?

Os dejo con un poema suyo.

No volveré a ser joven

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra.

“Poemas póstumos” 1968

Young, gifted and black

Sin más ni más; sobran las palabras.

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Que no te pase a tí

Hoy os traigo un relato de tono bastante apagado, a juego con el día (nublado, y lunes para más señas).

Que no te pase a ti

Era caída la tarde. Supe que Mario llegaba porque el portón rechinó. El perro de la casa lo recibió festivamente. Yo le dije el mimo al que lo tenía acostumbrado, cuando abrí la puerta: “Pero si vas a resfriarte con el fresco de la calle, cariño. Pasa pronto, pronto, y tomaremos un té de chamomilla “. Los hombres son niños. Y somos las mujeres quienes los transformamos en señores. Ellos se convierten en gente mayor sólo cuando se enamoran y deben aguardar bajo la farola de la cuadra, golpeados por los saltarines insectos de luz, que el reloj de la iglesia dé las ocho, para encarar la noche de luna llena. Es entonces cuando el alma de los murciélagos se apodera de los hombres, y comienzan a merodear – sigilosamente – alrededor de tu casa; finalmente su amor se convierte en aquel golpeteo incesante de la rama del boj contra los vidrios neblinosos de tu ventana. Si lo sabré yo, que una noche de estío me pasé sin dormir pues el árbol de los agrios extendía sus ramas espinosas, sus alambres con flores, hasta mi ventanal; un sacudón nervioso, como si recibiera un pinchazo en la vena yugular, me llevó a gritar: “¡Vete Rodrigo de mi habitación!”. Mario entró. Olía a perfume que uno se aplica detrás de los lóbulos para ir a una cita. Una cena, tal vez. Ah… la espada de la fragancia que corta el aire… Me dijo que estaba bella. - Tienes un brillo especial en las pupilas. ¿Entonces has leído “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”? – preguntó. Y yo le dije que todavía no, y él me contestó que era común la injusta vacilación de los lectores ante aquellos hermosos versos de astros azules, de viento, de olvido y de amor de Pablo Neruda.

- Mañana, sí. Mañana… – le susurré.

Debo contar que me amaba. Lo adoraba. Mientras tomaba su té, cantaba por lo bajo una canción de Edith Piaf. Vestida a lo Greta Garbo yo me observaba en el espejo con marco de plata de la pared y esperaba que el espejo me mirara fijamente para empezar a delinear un grabado artístico sobre mis grandes párpados. Después de tomar su té, Mario se sentó al piano.

Insistía en el opus 67 de Ludwig van Beethoven en vano. No conseguía liberar el espíritu del genial compositor perseguido, quizás, por los ratones de aquella vieja caja de cuerdas y macillos forrados con fieltro.

Un último sol de oro, el sol crepuscular, intentaba levantar el ánimo de la tarde, posándose sobre las rosas amarillas de los canteros de mi jardín; el aliento rojizo del astro se entremezclaba con el chorro de agua que salía de las fauces de un hierático león por cuyas melenas trajinaban lagartijas amarillas. Y verdosas. De golpe, el sol se desplomó. Había oscurecido. Mario bajó la tapa del piano. Pero ya no era él. Había muerto. A lo lejos se escuchaba el triste piar de un pájaro gris con capucha negra.

No recuerdo qué ocurrió luego, sólo sé que semanas después, cuando el viento soplaba con fuerza en las calles y hacía rechinar el portón, yo me encontraba contando las gotas medicinales preparadas por el doctor Vázquez, que revolvía en mi té de tilo, y en mi otro té, una infusión de flor de azahar, milagrosos, al decir de las lenguas, para los nervios destrozados.

El perro se me volvió tristón. No movía la cola como antes, cuando le decía que se veía fortachón, y le pasaba – suavemente – mis manos por su pelaje gris. Nos mirábamos, y cómo nos comprendíamos. Era esa melancolía, de cuando se trata inútilmente de matar moscas sobre la mesa, la que consumía mis huesos.

Un día Mario vino a casa. Caí semi-desvanecida sobre la alfombra. - ¿Pero cómo has hecho? – le pregunté.

- Ah…, creí que tú lo sabías mejor que yo. Me has invocado, Margarita. No has hecho más que llorar y dejar la marca de tu boca pintada en el espejo de la sala, que era tu manera de besarme y manchar mi camisa. No pude resistir… Suspiré. Las aves de los árboles se entremezclaban bulliciosamente.

- Se quedaron con la propiedad de San Telmo mis hermanos María y Alberto, de modo que tendré que vivir aquí, por un tiempo. Dormiré en el sofá. Y ahora haré un café especial, bien batido, para los dos – comentó animado. Me sentí asombrada al escucharlo resolver con tanta simplicidad su muerte y su permanencia en mi casa. Cada noche, cuando me levantaba para asegurarme de que las barretas cilíndricas de hierro estaban bien corridas, lo encontraba escribiendo con entusiasmo. ¿Qué podría escribir un hombre muerto?

Me figuraba que tendría poco apetito. Sin embargo todas las mañanas se servía un tazón de leche de cabra acompañado con rosquillas untadas con dulce de higos. Como a las nueve y media tomaba dos o tres tazas de café. Almorzaba en una pieza, que funcionaba como ático. Un almuerzo importante, imperial, que superaba las condiciones de mi sucia y estropeada libreta de almacén: tortillas de arroz con una guarnición de ensalada griega, y encima un café espeso y caliente. Al principio no me incomodó que dejara los cubiertos sucios en el lavadero, y que la leche hervida se añadiera como costra a la mesa de la cocina. Pero luego me fastidiaron, me fueron saturando, tantas cáscaras de huevos, tanta sal esparcida sobre la mesa, como si fuera a propósito, tantas semillas de cítricos arrojadas fuera del basurero, que atraían a las cucarachas, las cuales, una vez reventadas por mis zapatillazos, atraían a su vez a las hormigas. Me hallaba disgustada. Muchas, tantas cosas no funcionaban bien en nuestra relación. Además había empezado a beber y me trataba con violencia cuando el whisky se le subía a la cabeza. Mario era el menos interesado en encarar con juicio y sentido común los permanentes requerimientos que le hacía. - Pero es que ya no puedo. ¿Me entiendes? Me he cansado de lavar los platos sucios. ¡Estoy hasta las narices! – le grité mientras bajaba una tarde de fina llovizna sobre los bulbos de los crisantemos del patio. El viernes 23, a la noche, al levantarme para asegurarme de que los cerrojos estuviesen corridos, no lo encontré. Desapareció. Se hizo humo. Ya no está más. Quisiera sentirme en paz, considerar la idea de enamorarme nuevamente y de comprar helados de higos y de frutillas para tomarlos mientras miro la tele. Pero los hombres, cuando ya no los quieres, siempre vuelven.

Delfina Acosta

Un brevísimo poema de Raúl Vacas, de quien ya colgé algo hace un tiempo.

Me enamoré de ocho a once

de siete a diez en Canarias.

Raúl Vacas

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